Leliqs y tasa de interés alta, ¿un mal necesario?

En la última semana cobraron especial notoriedad las Letras de Liquidez que emite el Banco Central, LELIQs, y compran el resto de los bancos. Esta repentina fama obedeció a las críticas por su elevada tasa de interés, donde se afirmaba que generaban importantes ganancias para las entidades financieras y un costo muy alto para el Sector Público. Ahora bien, ¿cuán cierto es esto? Y más importante aún, ¿podría ser diferente?

En el segundo acuerdo con el FMI firmado en septiembre de 2018, se estableció una cláusula de emisión monetaria cero hasta mediados de este año. Luego de un comienzo exitoso del esquema –sobrecumplimiento sistemático-, el Banco Central extendió este objetivo hasta fin de 2019. Considerando la elevada inflación que presenta la economía argentina, congelar nominalmente la base monetaria equivale a un fuerte ajuste en términos reales.

Para alcanzar esta meta es necesaria una tasa de interés alta, capaz de alentar las colocaciones en pesos: un mayor rendimiento de las LELIQs permite que los bancos eleven el rendimiento de los plazos fijos, tornándolos más atractivos. De esta manera, el sector privado debería incrementar sus depósitos, reduciendo así la base monetaria y permitiendo al Banco Central alcanzar su objetivo.

Además, la contracara de fomentar este ahorro en pesos es atenuar la demanda de dólares. En el corto plazo, estabilizar al tipo de cambio es la precondición para pensar en cualquier salida de la recesión. En primer lugar, porque la divisa fue el principal motor inflacionario del año pasado y de comienzos de este año. Por lo tanto, un dólar calmo es clave para desacelerar la suba de precios y ponerle un piso a la pérdida de poder adquisitivo. Por otra parte, disipar las presiones cambiarias reduciría la volatilidad de la economía argentina, ampliando el horizonte de previsibilidad y generando confianza. En consecuencia, esta tasa de interés alta no es tan contractiva como parece a priori.

Sin embargo, su contrario no es menos cierto: un costo de financiamiento en estos niveles (cercano al 30% luego de descontar la inflación esperada por el REM para los próximos doce meses) pospone cualquier reactivación. Por caso, los préstamos a las empresas arrojaron una caída mayor al 25% i.a. en términos reales durante julio, la morosidad del sector privado está en máximos de la última década y el consumo de bienes durables acumula un año en rojo. Una mejora económica sostenible no es consistente con esta dinámica.

Nos hallamos entonces frente a un dilema: relajar la tasa de interés sería negativo en el corto plazo pero sostenerla será negativo en el mediano. Como se desprende de esta dicotomía, el problema no es de fácil resolución: lo que ayuda en el futuro inmediato no debe prolongarse en el tiempo. Intentemos entonces plantear una salida, o al menos avizorar sus posibilidades.

Para comenzar, vale remarcar que, pese a que la tasa de interés permaneció en la zona de 60% y la inflación siguió en descenso apuntalando al rendimiento real de las colocaciones en pesos, en las últimas jornadas reaparecieron las presiones cambiarias, alentadas por la incertidumbre electoral. Por lo tanto, relajar la política monetaria no parece lo más adecuado en este contexto, ya que potenciaría estas tensiones. Además, el ahorro que generaría no sería fácilmente trasladable a otras áreas del Sector Público: el Banco Central es un ente autárquico e independiente del Ministerio de Hacienda, de modo que pagar menos intereses de LELIQs no equivale a tener un mayor presupuesto para otras áreas –algo tan necesario como complicado de lograr en un contexto de exigentes metas fiscales primarias-.

En el mismo sentido, podemos afirmar que el desplome de los préstamos a las empresas no responde solo a que el elevado costo de financiamiento excede la rentabilidad de la mayoría de los planes de inversión. Por un lado, la caída de la demanda interna es central para explicar deterioro. Por el otro, tiene sentido suponer que aún con una tasa de interés menor, esta variable seguiría en rojo resultado de la incertidumbre electoral, que no permite prever con precisión qué sectores serán rentables en la Argentina de 2020. Por lo tanto, a la par que los costos de bajar la tasa de interés en el corto plazo serían elevados, sus beneficios serían acotados.

Ahora bien, una vez pasadas las elecciones esta situación debería modificarse. Por un lado, las presiones cambiarias vinculadas a la incertidumbre política deberían quedar atrás, al igual que las inversiones descartadas por la falta de previsibilidad. Asimismo, si persiste la calma cambiaria la inflación se habría desacelerado sensiblemente para entonces, por lo que el rendimiento real de las colocaciones en pesos sería muy positivo. Por último, las actuales tensiones de la cadena de pagos se transformarán en rupturas si este esquema de emisión cero persiste más allá del cierre de este año. Por lo tanto, pasado el diez de diciembre, los costos de bajar la tasa de interés serían más acotados, a la par que los beneficios serían mayores (y más urgentes).

En conclusión, es probable que entremos al proceso electoral con una tasa de interés alta y que esta dure mientras siga la incertidumbre. Asimismo, no es menos probable que una vez que la misma se disipe, también lo haga la tasa de interés alta.

Esta nota salió publicada en la edición impresa del diario Perfil, sábado 03/08/2019 y puede consultarse aquí.

El péndulo de la tasa de interés

Construir moneda sin ahogar la producción, una deuda histórica

El que menos crece, el que más inflación tiene, el que más recesiones vivió, el de mayor pass through, el de mayor deuda en dólares como porcentaje de deuda total, etc. Argentina es, en términos económicos, un “outlier”, un valor extremo, una excepción. No sería correcto intentar explicar todas estas “maldiciones” en base a un único argumento, pero detrás de buena parte de estas particularidades se esconde, entre muchas otras cosas, el hecho de que el argentino no confía en su moneda. Razones no le faltan.
Imaginemos un argentino de 65 años que ahorró toda su vida en algún instrumento en pesos. A los 35 años la hiperinflación le quito valor casi por completo a sus primeros ahorros y lo que quedó fue parte del canje compulsivo que significó el plan BONEX. Diez años después, lo ahorrado durante la convertibilidad quedó dentro de los limites del corralito y el salto cambiario y posterior aceleración inflacionaria le quitó poder de compra a ese inmovilizado ahorro. Una vez superado ese episodio y durante los últimos quince años las tasas de interés que recibió por lo que quedaba de sus ahorros fue sistemática y significativamente menor a la inflación. Es decir, haber ahorrado en pesos fue una pésima decisión financiera, lo cual explica el poco apego del argentino promedio a su propia moneda.
Si los argentinos demandaran su moneda como una herramienta de ahorro pensarían en pesos, valuarían sus bienes en pesos y dejarían de tomar decisiones basados en la evolución del tipo de cambio. De esta manera desacoplarían la evolución de la inflación y la depreciación de la moneda, como sucede en la mayoría de los países de la región. Al mismo tiempo, demandar la moneda local generaría un mercado de crédito mucho más amplio que el que actualmente tenemos, posibilitando que las empresas se endeuden para financiar inversiones y, más importante en el actual contexto, el gobierno logre endeudarse en pesos a mediano plazo y no deba hacerlo en moneda extranjera. Estas son solo dos externalidades positivas de una lista mucho más larga.
Es razonable que el peso no sea una moneda confiable para los argentinos. ¿Cuáles son los incentivos de los agentes económicos locales para demandar su propia moneda? Los bienes están nominados en pesos, pero la “demanda transaccional” no es suficiente para darle valor a una moneda. Se necesita que esta pueda mantener su valor en el tiempo o por lo menos que la retribución por prestarla (la tasa de interés) sea mayor a su desvalorización (la inflación), es decir, que la tasa de interés real sea positiva. En el caso de Argentina, lo normal es que esto no suceda.
En el siguiente gráfico se puede apreciar la tasa de interés real (entendida como la tasa real de un plazo fijo a 30 días anualizada) en Argentina y en Chile. El comportamiento es evidente. En Chile durante el 70% de los últimos 30 años la tasa fue positiva y no hubo periodos largos con tasas sistemáticamente negativas ni meses puntuales con niveles demasiado bajos. Como se observa en el gráfico, desde mediados de la década de 1990 y hasta comienzos de los 2000 la tasa es casi continuamente positiva.

La historia de Argentina fue distinta. Solo logramos sostener tasas positivas durante la convertibilidad, al mismo tiempo que incubábamos problemas mucho graves. Una vez superada la crisis de 2001 las tasas se volvieron claramente negativas llegando a mostrar mínimos de -40% real. Aquel que puso un plazo fijo por $100 a comienzos de ese año y lo renovó mes a mes perdió 74% del valor real de su inversión, si lo hubiera hecho en Chile disfrutaría de una ganancia de 13%. La diferencia es sustancial.
¿Cómo se explica que el actual gobierno, que se manifestó en muchas ocasiones como un defensor de las tasas de interés positivas, no haya podido revertir la situación?
La clave está en la diferencia entre la tasa real observada (ex post) y la que se esperaba en el momento de armar el plazo fijo (ex ante). Imaginen que a un individuo se le ofrece una tasa que mensualmente paga 2% de interés nominal, es razonable pensar que aceptará la oferta si cree que la inflación estará debajo de ese valor, pero si la inflación que él esperaba (ex ante) resulta menor que la inflación observada (ex post) la tasa será negativa. Dado que durante los últimos años la inflación sistemáticamente sorprendió por lo alto, la tasa observada terminó siendo negativa.
Este pasaje desde la ilusión al desencanto no es gratuito. Los agentes, habiendo sido decepcionados durante los últimos años, exigen tasas más altas para asegurarse que esta vez será diferente y que le ganarán a la inflación, más aún en un contexto de incertidumbre electoral como el actual.

Se necesitan tasas positivas, pero no tan altas

La tasa de interés real de julio (usando la inflación que arroja el IPC Ecolatina, 2,4%) fue cercana al 11% anualizada y creciendo en relación al 9% de junio al 5% de mayo o al -3% de abril. En la medida que la inflación vaya desacelerando es probable que la tasa real continúe creciendo. Recién bajaría de forma significativa luego de las elecciones y solo en la medida que el mercado crea en el equipo económico.

El próximo gobierno deberá buscar un equilibrio que pocas veces se encontró en los últimos 30 años. Argentina necesita confiar en su moneda y para eso deberá generar incentivos. Luego de décadas de desconfianza estos incentivos deberán ser significativos y es por esto que la tasa real debería ser claramente positiva, pero al mismo tiempo, no debería ahogar al entramado productivo en un contexto que posiblemente sea complejo. Es decir, no debería caer en la tasa real de 6,1% promedio de la convertibilidad, ni en el -7,2% del periodo 2003-2019. Encontrar este equilibrio es tan necesario como complejo, especialmente para un país más acostumbrado a virar de un extremo a extremo que a la sintonía fina.

 

Las elecciones y su poder calefactor: suben la temperatura cambiaria

En la última semana el dólar siguió subiendo y alcanzó su tercera semana al hilo en terreno positivo. En este sentido, acumula un alza de 7% desde entonces y ya orilla los 45 ARS/USD. Más allá de esta suba, cabe destacar que todavía no se superó el techo de fines de abril (45,6 ARS/USD), de modo que no tendría un impacto inflacionario en el corto plazo. En la última semana, las presiones respondieron a factores internacionales (aunque la Reserva Federal de EE.UU. recortó su tasa de interés luego de más de una década, los malos datos del mercado laboral y las tensiones de ese país con china depreciaron a las monedas emergentes) amplificados por la incertidumbre local. Dado que las PASO están a la vuelta de la esquina, las tensiones podrían incrementarse la próxima semana. En este marco, se abre el interrogante acerca de si el Banco Central intervendrá o no en el mercado cambiario, tal como lo hizo en 2017. Si la divisa supera su pico anterior, será la primera prueba de fuego para la autoridad monetaria desde el fin de la zona de no intervención.

¿Se termina el veranito?

El tipo de cambio escaló casi 2% esta semana y, así, acumula una suba de 4% en las últimas dos semanas. Como resultado, prácticamente se revirtió la baja nominal registrada desde mediados de junio pasado, puntualmente desde que Mauricio Macri anunció a Miguel Pichetto como su compañero de fórmula. Más allá de esta volatilidad, lo más relevante es que, otra vez, algunos rumores lograron mover a la divisa. Así como la semana pasada había sido el recorte del FMI en sus expectativas de crecimiento del PBI, esta vez fueron algunas encuestas no tan favorables para el oficialismo en la antesala de las elecciones primarias. En consecuencia, pese al mayor margen de maniobra del Banco Central en el mercado de futuros que habilitó el FMI en su última revisión y a la leve suba de la tasa de interés de referencia de esta semana (menos de 1 p.p.) la divisa se retomó un sendero ascendente. Por lo tanto, es probable que en los próximos días y hasta las elecciones del 11 de agosto, la volatilidad vuelva a ser la norma dejando atrás al veranito.

¿Cambia, todo cambia? Más bien ratifica, todo ratifica

En el día de hoy, el Banco Central flexibilizó levemente su meta de crecimiento nulo de la base monetaria. Según su comunicado: “se adapta a un plazo bimestral la evaluación del cumplimiento de la meta de base monetaria en el período julio-agosto”. De esta manera, no deberá reforzar el sesgo contractivo de su política para esterilizar rápidamente la emisión de julio sino que podrá hacerlo a lo largo del próximo mes.

Por otro lado, extendió el piso de 58% de la tasa de interés de referencia (LELIQs) hasta la publicación del próximo dato de inflación, el 15 de agosto, cuatro días después de las elecciones Primarias. Si bien esto implica una estabilidad en términos nominales, equivale a endurecer la política monetaria en un contexto desaceleración de la inflación.

Más allá de lo engorroso que está siendo el cambio sistemático de las pautas impuestas por el FMI, esta novedad solo agrega evidencia a una sospecha bastante generalizada: el verdadero objetivo de la política monetaria es contener al dólar, para de esa forma acotar la suba de precios.

En este sentido, dado que desde la crisis cambiaria que comenzó el año pasado la principal herramienta para frenar la caída de la economía es calmar a la divisa, podemos afirmar que esta tasa de interés alta no es “tan contractiva” como lo sería en otro contexto. Por el contrario, apuntala la recuperación del consumo en el margen, mediante un estímulo al poder adquisitivo –o un freno a su caída-, especialmente en el caso de los bienes no durables, es decir, aquellos que no suelen comprarse en cuotas.

No obstante, no se puede dejar de remarcar que seguirá golpeando a los préstamos al sector privado (que arrojan una caída del 15% i.a. en términos reales) y tensando peligrosamente la cadena de pagos. De hecho, la morosidad ya supera el 5% del total del sistema, alcanzado así los picos de la última década y exhibiendo una dinámica preocupante.

En resumen, la reciente medida ratifica el rumbo adoptado por el Banco Central desde octubre de 2018, cuando se impuso el objetivo de crecimiento nulo de la base monetaria hasta junio de este año, luego estirado a diciembre. Además, reafirma que la autoridad monetaria posee como objetivo principal controlar al dólar.

Si bien hasta el momento el BCRA viene siendo exitoso en este frente, y logró en el camino sumar herramientas –intervenir dentro de la Zona de No Intervención y mayor margen para operar en el mercado de futuros-, posiblemente en las próximas semanas estemos frente a las dolarizaciones de cartera de mayor magnitud. Restará ver entonces si la demanda de divisas pre electoral, en este contexto donde una gran porción de los ahorros se dolarizó el año pasado, podrá depreciar significativamente al peso. El Banco Central está armándose para evitarlo. Veremos si alcanza.

Las peores perspectivas del FMI de crecimiento, ¿empeoran las perspectivas del dólar?

A comienzos de esta semana, el dólar se despertó y avanzó más de 2%. No obstante, pese a este “leve” desliz, a partir del miércoles volvió la calma al mercado y la divisa se estabilizó. Más allá de estos vaivenes, lo más relevante es que una noticia volvió a depreciar al peso: el recorte en las proyecciones de crecimiento del FMI para nuestro país. Las mismas pasaron de un retroceso de 1,2% para 2019 y un avance de 2,2% para 2020 a una caída de 1,3% este año y una tenue recuperación de 1,1% el año próximo. Estas magras perspectivas dan cuenta de que, aunque el tipo de cambio atraviese en calma el proceso electoral, la actividad económica seguirá en rojo. Por último, estimamos que en las próximas semanas las “noticias” volverían a impactar en el frente cambiario en parte también por esta fragilidad, aunque principalmente por las elecciones. En este sentido, el reciente retroceso nominal de la divisa no resultará en una buena noticia: a la par que profundizó la apreciación, alejó al dólar del techo de la Zona de Referencia, es decir, de donde el BCRA posee mayores herramientas para desarmar eventuales presiones.

La tasa de interés alta seca la plaza de pesos pero también la inversión

La tasa de interés alta, una herramienta de doble filo

Con el segundo acuerdo del FMI, el Banco Central se comprometió a un crecimiento nulo de la base monetaria entre octubre del año pasado y junio de 2019. Más aún, luego de un comienzo exitoso –sobrecumplimiento del objetivo-, la autoridad monetaria estiró esta medida hasta fin de año.

La principal herramienta de la que dispone el Banco Central para alcanzar esta meta son las LELIQs. Mediante un aumento de su rendimiento, es decir, una suba de la tasa de interés de referencia, los bancos comerciales deberían incrementar sus tenencias de estas letras. De esta forma, se explica que la tasa de interés de referencia promedie más de 60% desde que se puso en marcha el nuevo esquema. Esta tasa responde, entre otras cosas, a que un alto rendimiento de las colocaciones en pesos desalienta la dolarización de carteras.

Sin embargo, esta tasa de interés también tiene algunos efectos no deseados. Por caso, el elevado costo de financiamiento prácticamente descarta cualquier posibilidad de inversión productiva. A modo de ejemplo, los préstamos a empresas crecen solo al 17% i.a. nominal, lo que implica una caída cercana al 25% i.a. en términos reales. Como resultado, la inversión pasó de representar 15,6% del PBI en el primer trimestre de 2018 a 13,5% en igual período de 2019.

En otro orden, la irregularidad de la cartera al sector privado trepó de 3,8% en agosto de 2018 a 5,2% en abril de 2019 (último dato disponible) y habría seguido en ascenso en los meses posteriores. Si bien este valor no pone en riesgo la estabilidad del sistema financiero, representa un pico para la última década, a la par que su acelerado crecimiento refleja una dinámica que enciende señales de alarma.

En consecuencia, podemos afirmar que este esquema monetario no es sostenible en el mediano plazo. Si bien es cierto que en este contexto es fundamental estabilizar al tipo de cambio y aportar previsibilidad para frenar la caída de la actividad, no es menos cierto que esta tasa de interés terminará por asfixiar al sistema productivo. Actualmente, la mayor rentabilidad de los bancos comerciales está en captar plazos fijos privados para posicionarse en LELIQs, en lugar de dar préstamos y brindar oxígeno a las empresas para poder sortear la crisis.

La disociación entre la tasa de interés nominal y real

El Banco Central es consciente de este problema, y por eso la tasa de interés nominal viene en franco retroceso en las últimas semanas. No obstante, producto principalmente de la estabilidad cambiaria y del menor ajuste en las tarifas de Servicios Públicos, la inflación también está cediendo. En consecuencia, la política monetaria no se relaja efectivamente. Por caso, partiendo de la inflación mensual esperada por el Relevamiento de Expectativas de Mercado, la misma pasó de 1,4% mensual en mayo a 1,7% en junio, para ubicarse actualmente en 1,5%. Por lo tanto, aún en este contexto de baja de la tasa de interés nominal, la tasa de interés real no retrocede.

Más cerca de las elecciones, las presiones cambiarias reaparecerían. Si esto sucede, la tasa de interés nominal pausaría esta baja, en pos de disuadir a los tenedores de pesos de dolarizar sus carteras. Cabe destacar que las elecciones primarias de agosto podrían marcar un cambio de tendencia. Si el oficialismo enfrenta una derrota abultada, es decir, un resultado peor al que anticipa el mercado, las tensiones cambiarias se intensificarían.

Por el contrario, si el resultado se asemeja al esperado por los actores financieros, las presiones cambiarias seguirían siendo acotadas. En este marco, proyectamos que la tasa de interés nominal seguiría su camino descendente y se acercaría a la zona del 55% para las elecciones generales de octubre. Asimismo, en este escenario de reelección, cerraría el año apenas por encima del 50%. Además, producto de la estabilidad cambiaria y los menores ajustes de tarifas, la suba de precios orillaría el 2% mensual en el último trimestre. En consecuencia, la tasa de interés real rondaría 1,5% mensual, de modo que permanecería en los nocivos niveles actuales, que desploman al crédito productivo e incrementan la morosidad.

Por lo tanto, aunque las variables macroeconómicas se estabilizarían en la segunda mitad del año, e incluso es probable que el consumo se reactive producto de un salario que comienza a ganarle levemente a la inflación más los estímulos no salariales que está desarrollando el oficialismo, las inversiones productivas no se recuperarían.

El recorte de la tasa de interés: tan necesario como difícil

De cara a 2020, uno de los principales desafíos del próximo presidente electo será bajar esta tasa de interés real: el plan de emisión cero es una política de emergencia y no es recomendable que dure más allá de 2019. Desde octubre del año pasado se viene registrando una política monetaria fuertemente contractiva, que implicará un ajuste cercano al 35% de la base monetaria deflactada al cierre de este año. La contracara del mismo es la expansión acelerada de las LELIQs, que ya representan más del 90% de la base monetaria y si no se controlan en el mediano plazo dañarán severamente al patrimonio del Banco Central.

No obstante, un recorte apresurado de la tasa de interés podría desatar nuevas presiones sobre la divisa, posponiendo aún más la recuperación de la actividad. Por lo tanto, será necesario afrontar este problema seriamente: este elevado costo de financiamiento es inconsistente con cualquier proceso de crecimiento genuino.

No sé para qué volviste, si ya (te) comenzaba a olvidar

El tipo de cambio acumuló otra semana más en baja y ya se ubica a 5% del piso de la Zona de Referencia (39,50 ARS/USD, donde el Banco Central no intervendrá comprando divisas). Si bien la baja del dólar puede alentar el consumo en el corto plazo, no representa necesariamente una buena noticia para el oficialismo. Por caso, actualmente la divisa está a un 25% del techo de la ZR (51,50 ARS/USD), es decir, de donde las intervenciones de la autoridad monetaria serían de USD 250 millones diarios por lo menos. En consecuencia, al momento, podrían darse saltos cambiarios aún dentro de la ZR, donde los márgenes de acción son acotados. En otro orden, el tipo de cambio real bilateral con EE.UU. Ya está casi 8% por debajo del promedio de los últimos veinte años y se apreció cerca de 30% respecto del pico de septiembre de 2018, cuando se reimpusieron las retenciones a las exportaciones de bienes y servicios. Por lo tanto, aunque “positiva” en el corto plazo, esta baja del dólar podría traer complicaciones en las próximas semanas.

Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir

El tipo de cambio de referencia volvió a apreciarse en la primera semana de julio, profundizando la racha bajista. Esto se debe a la combinación favorable de diversos factores que impactan en la cotización del Peso (contexto financiero internacional benigno, elevadas tasas de interés en pesos, mejora de la confianza en el gobierno y de las expectativas, etc.). La pregunta del millón es si esta apreciación es transitoria o permanente. Sin importar quién gane, el próximo presidente electo enfrentará elevados vencimiento de deuda pública en moneda dura en un contexto de virtual cierre de los mercados financieros. La necesidad de reducir el déficit externo sumado a los problemas estructurales que afectan al sector transable (presión fiscal récord, derechos de exportación y elevados costos de financiamiento) llevan a un tipo de cambio real competitivo.

El dólar acumuló otra semana más a la baja: ¿hasta cuándo?

Esta semana el dólar profundizó su baja y acumula un retroceso nominal de 5,6% desde que Mauricio Macri anunció a Miguel Pichetto como su compañero de fórmula. En este marco, el Banco Central “aprovechó” la euforia proveniente del escenario político y recortó la tasa de interés, que cerró junio en la zona de 62,5% (piso que se había autoimpuesto la autoridad monetaria a comienzos de mes, en la búsqueda por alentar a los bancos comerciales a subir el rendimiento de los depósitos a plazo fijo y, de esta manera, captar pesos y atenuar las presiones cambiarias). Más allá de estos avances, vale remarcar que el riesgo país bajó apenas 50 puntos básicos desde el anuncio oficial y se ubica en torno a los 850 p.b. En consecuencia, es importante no “dormirse” en los recientes laureles: cuanto más barato ingrese el tipo de cambio al período electoral, mayor será su recorrido potencial hasta perforar la zona de referencia (51,5 ARS/USD), es decir, hasta superar el techo en donde el banco central intervendría significativa y sistemáticamente (con USD 250 millones diarios).